Me gustaba observarla, sentada con un brazo cruzado por el abdomen, y el otro doblado con el codo apoyado en su rodilla y al final de este, un cigarro artesanal entre sus dedos, sus labios hacían la forma de un capullo de rosa a punto de abrir, rojos, por el exceso de rouge que tan bien contrastaba con su pálido rostro.
Al final de su cuerpo estaban sus dos brillosas botas negras, acordonadas por unos amarillos lazos que terminaban en una vuelta alrededor de sus piernas.
Y al otro extremo de la habitación, sobre la cama, de espaldas mirando hacia el techo, con una pierna sobre la otra, estaba yo, un hombre gordo, de pelo negro y barba al rededor de la cara, mirándola mientras el reloj sonaba segundo a segundo, el televisor está encendio pero ninguno lo mira, escuchábamos música sin escucharla.
Ambos disfrutábamos del silencio, de la cinestesia de nuestros cuerpos, de las artes audiovisuales, pero sobre todo, disfrutábamos mirarnos sin decir una sola palabra.
Aquella noche salimos, ¿amigos? ¿para qué? Ambos disfrutábamos de un alcohol barato, unos cuantos cigarros y música fuerte, en lugares con poca gente, podíamos tener momentos amenos rodeados sólo de nosotros mismos.
Sólo queremos estar solos, pero no tanto. Queremos estar acompañados, pero no tanto. Queremos silencio, pero no tanto. Queremos ruido, pero no tanto. Queremos cariño, pero no tanto.
Éramos dos, éramos silenciosos, éramos amigos, éramos adictos, éramos antisociales por naturaleza.

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